El Título de Experta vs. El Grito de Madre

El Título como Audífono: Cuando el Sistema Solo Escucha si el Dolor viene con Sello

En la era de la empatía de cartón-piedra y los protocolos de colores, hemos perfeccionado un arte macabro: la sordera selectiva ante el acoso escolar. En el ecosistema educativo, la verdad no es un hecho objetivo, sino un estatus que se adquiere. Si lo dice una madre, es «subjetividad emocional»; si lo firma un profesional, es «evidencia técnica».

La Madre: Esa «Entusiasta de la Sensiblería»

Para el sistema actual, una madre que denuncia bullying no es una fuente de información; es una perturbación en el flujo de trabajo. En cuanto cruza el umbral de la tutoría, se activa un filtro automático de desautorización: el sesgo del «amor de madre». Bajo esta premisa, cualquier hecho se invalida porque, «claro, como es su hijo, lo magnifica todo».

  • El testimonio: «Mi hijo no duerme, vomita antes de venir y tiene ataques de ansiedad».
  • La traducción del centro: «Bla, bla, bla… mi niño es perfecto… bla, bla… drama materno».

La ironía es exquisita y cruel: la persona que mejor conoce a la víctima, la que custodia sus hematomas y sus silencios, es la que menos crédito recibe. Su testimonio se archiva en el cajón de las emociones, ese vertedero burocrático donde las soluciones van a morir.

El Profesional: El Mago que Valida la Realidad

Cambiemos el escenario. Los mismos golpes, las mismas capturas de WhatsApp, el mismo niño roto. Pero esta vez, quien habla es un psicólogo externo o un orientador de prestigio con un PDF de 40 páginas.

De repente, ocurre el milagro. Palabras como «disrupción», «clima convivencial» o «dinámicas de grupo» actúan como un abracadabra administrativo. Lo que antes eran «cosas de niños» se transmuta en una «patología sistémica». El colegio no necesitaba la verdad; necesitaba que la verdad viniera con una firma digital y una factura de honorarios. El sistema no busca justicia, busca validación externa para no tener que mirarse al espejo.


El Cortocircuito del Sistema: Cuando la Madre es el Perito

Aquí es donde la ironía se vuelve ácida y el sistema sufre un error de ejecución. Imaginen a esa madre que es ignorada por la mañana en la tutoría, pero que por la tarde ejerce como Perito Judicial Experta en Acoso Escolar.

Como perito, ella es la «linterna del Juez». Su deber legal es la objetividad y su oficio es, precisamente, levantar las alfombras de los centros educativos para encontrar los cadáveres que el protocolo no quiso ver.

Y aquí es donde la realidad se vuelve vomitiva.

Es nauseabundo ser consciente de que el sistema educativo no reacciona ante el sufrimiento, sino ante el miedo a la sentencia. Es degradante saber que las lágrimas de una madre no tienen valor curricular, pero un informe con membrete judicial detiene el mundo. Lo que realmente revuelve el estómago es esa metamorfosis de los responsables del centro: pasan de la soberbia condescendiente al servilismo burocrático en cuanto huelen el peligro legal.

Resulta repugnante que, para salvar a un niño, su madre tenga que dejar de ser «mamá» para convertirse en un arma procesal. Que la verdad solo sea verdad si viene escoltada por la amenaza de una demanda por responsabilidad civil.

Al final, lo que este escenario nos escupe a la cara es una verdad incómoda: el sistema no protege a los alumnos por vocación, sino por gestión de riesgos. No buscan la paz del niño, buscan la paz de su expediente.

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