Mandar ánimos.
Mandar ánimos a una persona que está en la más absoluta indefensión no solventa nada, pero al menos queda bonito en la conversación mientras el problema sigue pudriéndose en el olvido.
Aunque dar ánimo es un gesto bienintencionado, en situaciones como el acoso escolar no es suficiente. Las palabras de apoyo, aunque reconfortantes, no solucionan problemas estructurales ni generan cambios tangibles. Se espera una respuesta social activa y comprometida: que las instituciones educativas tomen medidas firmes, que las familias y la comunidad trabajen juntas para proteger a los menores, y que el entorno sea un espacio seguro para denunciar y actuar.
Sin embargo, esta realidad pone en evidencia la más absoluta indefensión a la que están sometidas las familias. Cuando las instituciones minimizan el problema o no reaccionan con la diligencia necesaria, los padres y madres quedan atrapados en un círculo de frustración y soledad, incapaces de proteger a sus hijos de un daño que debería ser prevenido por el sistema. Reflexionar sobre esta vulnerabilidad debería impulsarnos a exigir un cambio estructural y un compromiso real con el bienestar de los niños.
